La biodiversidad del mundo está desapareciendo a un ritmo alarmante. Sin embargo, silenciosamente junto a esta crisis, se está desarrollando otra: la lenta desaparición de los científicos que descubren y clasifican la vida en la Tierra. Art Borkent, un taxónomo de 72 años especializado en mosquitos picadores, encarna este problema inminente. Ha identificado más de 300 nuevas especies de estas diminutas moscas y teme estar entre los últimos en hacerlo.
Una crisis en el descubrimiento
Borkent no está solo. Los taxónomos (los científicos que nombran, describen y clasifican las especies) están envejeciendo y no tienen sustitutos claros. Este no es sólo un problema académico. Sin experiencia taxonómica, perdemos la capacidad de rastrear con precisión la pérdida de biodiversidad, comprender las relaciones ecológicas e incluso proteger especies cruciales que sustentan la supervivencia humana.
Las cifras son crudas: una encuesta de 2025 mostró que la mitad de los países tienen menos de 10 taxónomos de plantas. Muchos trabajan a tiempo parcial o carecen de recursos básicos como computadoras. El campo también está abrumadoramente dominado por los hombres, y algunos países reportan grupos de encuestados exclusivamente masculinos.
Por qué es importante la taxonomía
La taxonomía no se trata simplemente de “coleccionar sellos”, como algunos la descartan. Es fundamental para la biología, la conservación e incluso la salud pública. Identificar especies es el primer paso para comprender cómo funcionan los ecosistemas, cómo se propagan las enfermedades y cómo proteger los organismos en peligro de extinción.
Piense en picar mosquitos, la pasión de Borkent. Estas moscas no son sólo plagas; polinizan cultivos, sirven como fuente de alimento para otros animales y su comportamiento proporciona información sobre la transmisión de enfermedades. No tendríamos chocolate sin ellos. Sin embargo, se desconocen decenas de miles de especies de mosquitos.
El auge de los códigos de barras de ADN y sus límites
La llegada de los códigos de barras de ADN en 2003 prometió revolucionar la taxonomía al permitir una rápida identificación de especies mediante análisis genético. Era, y sigue siendo, una técnica útil. Pero críticos como Borkent argumentan que es un mal sustituto del estudio taxonómico tradicional.
Los códigos de barras de ADN pueden identificar una especie, pero no revelan cómo vive : su comportamiento, hábitat, interacciones con otras especies. Puedes codificar un elefante, pero eso no te dice si tiene trompa, come plantas o las arranca. La comprensión más profunda necesaria para conservar estas especies requiere trabajo de campo y observación detallada, tareas que los códigos de barras de ADN no pueden realizar.
Una profesión moribunda
El declive de la taxonomía se debe a varios factores: falta de financiación, reducción de puestos universitarios y percepción del campo como obsoleto. La taxonomía tradicional es un trabajo lento y meticuloso, y rara vez produce resultados que acaparen los titulares. Las subvenciones favorecen áreas de investigación más “dinámicas”, dejando a los taxónomos varados.
Los pocos expertos que quedan se reúnen cada cuatro años, no para celebrar descubrimientos, sino para lamentar el estado de su profesión. El consenso es sombrío: las especies están desapareciendo incluso antes de ser conocidas, y la ciencia que podría salvarlas se está desvaneciendo con él.
El campo está en crisis y las consecuencias se sentirán mucho más allá del ámbito académico. Sin experiencia taxonómica, corremos el riesgo de perder el conocimiento fundamental necesario para comprender (y proteger) la menguante biodiversidad del planeta.



















