Los científicos luchan por conseguir chistes: el caso del humor en la comunicación científica

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Un nuevo estudio confirma lo que muchos sospechan: los científicos no son divertidos por naturaleza. Una investigación publicada en Proceedings of the Royal Society B encontró que los científicos hacen un promedio de solo 1,6 chistes por presentación, y la mayoría solo provoca risas educadas. Esta falta de ligereza no es accidental; refleja una tendencia más amplia de la ciencia moderna hacia el rigor y la austeridad, a menudo a expensas de la accesibilidad.

El arte perdido de la fantasía científica

Durante décadas, la comunicación científica ha favorecido la entrega seca. Esto no es sólo una cuestión de personalidad; es sistémico. El estudio se basa en trabajos anteriores del Comedy Research Project, que encontró que incluso los experimentos controlados con chistes no lograron generar risa estadísticamente significativa.

El alejamiento del humor en la ciencia no es nuevo. En las décadas de 1980 y 1990 se produjo un breve período de denominación lúdica de genes: genes como “cheapdate” (tolerancia al alcohol en las moscas de la fruta) o “ken y barbie” (que previenen el desarrollo genital) eran comunes. Sin embargo, el Comité de Nomenclatura Genética de la Organización del Genoma Humano intervino a principios de la década de 2000, imponiendo convenciones de nomenclatura más estrictas. Esto se hizo para evitar la confusión o el malestar del público con nombres de genes provocativos como “sonic hedgehog”, pero también sofocó la creatividad y el compromiso.

Por qué el humor es importante en la ciencia

Las consecuencias de esta gravedad son significativas. La comunicación científica eficaz es crucial en una era de desconfianza y desinformación. Los estudios muestran que el humor puede aumentar la credibilidad, la simpatía y la confiabilidad, cualidades que se necesitan desesperadamente cuando se discuten temas delicados como el cambio climático o las vacunas. Un chiste bien hecho puede hacer que una investigación compleja sea más memorable y atractiva para los no científicos.

El camino a seguir: tono divertido, no solo datos

Los científicos no deberían abandonar el rigor, pero sí deberían considerar un tono más divertido. La mayoría de la gente no quiere que la sermoneen; prefieren entretenerse. Ya sea ideando escalas no convencionales (como una para medir el tamaño del tenrec usando salchichas) o realizando experimentos mentales (como clonar a Elvis a partir de cabello de eBay), el humor puede cerrar la brecha entre hallazgos complejos y comprensión pública.

En última instancia, si bien no todos los trabajos de investigación tienen que ser comedias, los científicos que incorporan el ingenio pueden encontrar que su trabajo es recibido con mayor atención y confianza. La era de la ciencia sin humor no es inevitable, y un poco de ligereza podría marcar una diferencia significativa en el compromiso del público con la investigación crítica.