En lo profundo de un pozo de arcilla corriente en Murgon, Queensland, una pequeña ciudad ubicada en el sureste de Australia, se encuentra un tesoro escondido para los paleontólogos. Durante décadas, los científicos han desenterrado fósiles de uno de los sitios fósiles más antiguos de Australia, ofreciendo una rara visión de una época en la que el continente todavía estaba conectado con la Antártida y América del Sur. Ahora, un equipo de investigación internacional ha hecho un descubrimiento innovador: las cáscaras de huevo de cocodrilo más antiguas jamás encontradas en Australia, arrojando luz sobre la vida y las estrategias reproductivas de estos reptiles extintos.
Los frágiles fragmentos, denominados Wakkaoolithus godthelpi, pertenecieron a los mekosuquinos, un grupo de cocodrilos ahora extintos que dominaban las vías navegables interiores hace unos 55 millones de años. Estos antiguos depredadores son anteriores en millones de años a los cocodrilos de agua salada y de agua dulce que vemos hoy en Australia. Su llegada a Australia se remonta a hace aproximadamente 3,8 millones de años.
“Estas cáscaras de huevo proporcionan una ventana notable a la historia de vida íntima de los mekosuquinos”, explica Xavier Panadès i Blas, autor principal del estudio publicado en el Journal of Vertebrate Paleontology. “Ahora podemos investigar no sólo su anatomía única sino también cómo se reproducían y adaptaban a entornos cambiantes”.
Más allá de las orillas de los ríos: ¿soltar los cocodrilos de los bosques?
Los mekosuquinos ocupaban nichos ecológicos intrigantes, a diferencia de los que ocupan los cocodrilos modernos. Mientras que los cocodrilos de agua salada y de agua dulce son principalmente acuáticos, los mekosuquinos parecen haberse aventurado más allá de las orillas de los ríos y adentrándose en los bosques. “Puede parecer extraño”, dice el profesor Michael Archer, paleontólogo de la UNSW, “pero algunos de ellos probablemente eran cazadores terrestres que acechaban en los bosques antiguos”.
Esta teoría está respaldada por evidencia de fósiles de mekosuquinos más jóvenes descubiertos en el Área del Patrimonio Mundial de Riversleigh (noroeste de Queensland) que datan de hace 25 millones de años. Estos fósiles sugieren que algunas especies ribereñas crecieron hasta alcanzar tamaños inmensos (al menos cinco metros de largo) y poseían adaptaciones para estilos de vida semiarbóreos.
“Imagíneselos como ‘cocodrilos’ prehistóricos, tal vez cazando como leopardos”, especula el profesor Archer, “acechando silenciosamente a sus presas en las copas de los árboles antes de caer sobre las víctimas desprevenidas que se encuentran debajo”.
Cáscaras de huevo: un tesoro de secretos paleontológicos
El descubrimiento de estas frágiles cáscaras de huevo resalta su potencial, a menudo pasado por alto, en paleontología.
“Las cáscaras de huevo conservan información microestructural y geoquímica crucial que revela no sólo la identidad de los animales sino también sus hábitos de nidificación y estrategias de reproducción”, subraya Panadès i Blas. “Nuestro estudio subraya su valor: las cáscaras de huevo deben recolectarse y analizarse de forma rutinaria junto con huesos y dientes, convirtiéndose en un componente estándar de la investigación paleontológica”.
Al analizar estos fragmentos bajo microscopios especializados, los investigadores descubrieron que los mekosuquinos probablemente pusieron sus huevos cerca de los márgenes de un lago fluctuante, adaptando sus patrones reproductivos a las condiciones ambientales cambiantes.
Un oasis forestal en un mundo en calentamiento
El Dr. Michael Stein señala que la reducción de los cursos de agua y la invasión de las tierras secas pueden haber contribuido al declive de los mekosuquinos. Se habrían enfrentado a la competencia de especies de cocodrilos recién llegadas y poblaciones menguantes de presas de megafauna. Mientras tanto, este antiguo lago estaba rodeado por un frondoso bosque repleto de vida prehistórica: algunos de los pájaros cantores más antiguos del mundo, las primeras ranas y serpientes de Australia, diversos pequeños mamíferos con vínculos con América del Sur y una de las especies de murciélagos más antiguas conocidas.
Un legado más allá de los fósiles: lecciones para la conservación
El profesor Archer enfatiza que descubrimientos como estos ofrecen más que simples vislumbres del pasado; contienen ideas cruciales para salvaguardar la biodiversidad actual. Establece paralelismos entre los antiguos mekosuquinos y la zarigüeya pigmea de las montañas de Australia, en peligro crítico de extinción, una especie que lucha bajo las crecientes presiones del cambio climático.
A través del “Proyecto Burramys”, el profesor Archer y su equipo descubrieron evidencia de que parientes prehistóricos de esta zarigüeya prosperaron en bosques tropicales templados de tierras bajas hace millones de años, ambientes similares a los que se encuentran fuera de su hábitat alpino actual. Esta revelación condujo a la estrategia innovadora de establecer un centro de cría de zarigüeyas pigmeas de montaña en un santuario de selva tropical no alpina cerca de Lithgow. Hoy en día, estos animales rescatados prosperan en este refugio, reflejando las predicciones extraídas de los registros fósiles.
“El Proyecto Burramys demuestra que podemos utilizar pistas del pasado para desarrollar estrategias de conservación”, afirma el profesor Archer. “Los registros fósiles son importantes no sólo para comprender nuestra historia, sino también para asegurar un futuro en el que las especies amenazadas puedan adaptarse y prosperar”.




























